martes, 21 de enero de 2020

¿Lograr lo imposible? El coaching como trampa neoliberal




«No digas que es imposible, di que no lo has intentado lo suficiente», sentencia el generalísimo coach, incomodándote. El «no lo has intentado lo suficiente» es la justificación perfecta, el máximo grado civilizatorio. Si eres de Camboya, de Haití, de Yemen, no lo has intentado lo suficiente. Si eres lustrabotas, obrero de almacén, campesina de rebusca, no lo has intentado lo suficiente. Si eres taekwondista y no llegaste a las Olimpiadas, ¿no lo has intentado lo suficiente? Ciertamente, algo ha ocurrido, y puedes pasarte los próximos 365 días del año preguntándote qué. De ti depende si acudes a un coach, o si te apuntas al Máster en Liderazgo y Coaching Quántico (sic), donde encontrarás una firme determinación para transformar las conductas que impiden que seas olímpico, «y la voluntad de que lo primero eres tú. Ser egoísta para dejar de serlo». Quizás acabes como Yolanda, que dejó su carrera de escultora para ser coach, y unirse a la escuela de mujeres líderes para cambiar el mundo. ¡Pobre rebeldía artística! Sofocada, deja de construir Miradores de Memoria como el del Valle del Jerte, en Cáceres, para asumir que «la herramienta eres tú, lo que buscas eres tú».

Estamos ante las puertas de un mundo donde el deseo de conseguir lo imposible justifica cualquier cosa. Walter [el protagonista de Breaking Bad, que representa los valores del «sí se puede» al convertirse en un hombre sin escrúpulos para mantener el american way of life] no es un error del modelo, es el resultado de una dinámica instalada en el seno de la sociedad llevada a la máxima expresión, el cambio absoluto donde no permanece ni la esencia.
¿Quiénes son los privilegiados que pueden lograr lo imposible? ¿Quiénes están capacitados para triunfar? Sólo quienes se encuentren en un estado de constante búsqueda de información y conocimiento, y dispuestos a un verdadero sacrificio en pos de sus sueños, están equipados con la actitud necesaria para triunfar, ya que su mente está abierta y receptiva para aprender, nutrirse de nuevo entendimiento y perseverar en la conquista de su objetivo. Y esto es algo que todos podemos lograr. (El líder interior)
Se leen varias cosas en este breve enunciado. La exageración, «lograr lo imposible». La contradicción entre «sólo quienes» y «todos podemos lograr». Y la condición, «actitud necesaria», «mente abierta y receptiva», «perseverar» en la conquista», «verdadero sacrificio».
En esta segunda década del autosiglo XXI, la felicidad se ha convertido en la respuesta a todos los males, y es la condición necesaria para una vida saludable, libre de enfermedades y llena de éxito profesional, según indica el Instituto Coca Cola de la Felicidad. Estas ideas, que como ya sabéis valida siempre algún departamento de investigación, son propagadas por el hemisferio de múltiples maneras. La ideología coaching sólo es una, pero cada vez tiene más responsabilidad. Los coaches, esas personas que han descubierto su líder interior, que trabajan como asesores personales de grandes empresas, como autónomos que acompañan los procesos de cambio de personas insatisfechas, o como guías del alumnado de las escuelas, propagan la idea exagerada, contradictoria y condicionada de la Felicidad. Este tratamiento del Yo se basa en la idea de que si eres feliz puedes lograr lo que te propongas, no hay imposibles. Durante el trabajo, el cliente, el alumno, o el coachee, llamémoslo como queramos, llega solito a la conclusión: «Mejor sonreír que llorar». Con este estribillo en la cabeza, la persona aprende a aceptar las situaciones y a soportarlas. «Tu destino lo construyes tú» exonera de condiciones y circunstancias. El coach es un preparador de sujetos empoderados, inofensivos y útiles. El secreto de su trabajo es conseguir que el cliente se responsabilice. Ante la asunción de la responsabilidad absoluta queda fracasar o ser rentable. El fracaso destierra a la infelicidad, la rentabilidad «compra» la felicidad.
[…] Nos han convencido de que aquellos que son favorecidos lo son por su actitud, y no por su condición favorable. Hemos quedado ciegos ante una sociedad que se dibuja con patrones elitistas que dejan fuera de la fórmula lo que no enriquece.

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